La doble cara del perdón

En este reto me propusieron crear un personaje, teniendo en cuenta su personalidad, psicología y su aspecto físico. Antes de escribir, me recomendaron hacerme las siguientes preguntas, para así plantear en mi mente el personaje, y darle una forma compacta:

–¿De dónde es?
–¿Dónde vive?
–¿A qué se dedica?
–¿Cómo se llevaba con sus padres?
–¿Qué experiencia tuvo en la escuela?
–¿Tiene complejos?
–¿Qué aspiraciones tiene?


Me inspiré en crear un personaje profundo, uno con muchos traumas y que lleva un gran sentimiento de culpa a sus espaldas. Se trata de una situación, un pequeño momento del día, en donde puedes observar y deducir muchas cosas sobre él. A continuación, os dejo con mi creación:

La doble cara del perdón

  

Al llegar a casa dejo mi mochila en mi habitación con la esperanza de sentirme más liviano, pero el sentimiento de pesadez no me deja libre. Me dirijo hacia el comedor, donde se encuentra mi madre, me acerco a ella y le doy un beso. 


–Hola cariño, ¿qué tal ha ido el día? –dice con esa dulce voz, que al instante me calma. 


–Bien, ¿y el tuyo?– respondo sin ser consciente de mis palabras. 


–Muy bien, ahora saldré, que he quedado con Javier, ¿te acuerdas de que te lo dije? –responde con una leve y disimulada sonrisa.


–Sí, sí, mamá, pásatelo bien, yo ahora descansaré un rato y luego saldré por la noche con mis amigos –respondo con cierta ironía y cabreo, no sé bien cuál es la emoción que predomina. 


No es que no me alegre que mi madre vuelva a salir con hombres, pero creo que aún es pronto, y no quiero que le vuelvan a romper el corazón. La verdad es que nadie se la merece, incluyéndome a mí mismo, y sin duda alguna mi padre. 


–¿Max, Max? – El eco de esas palabras me devuelven de forma inmediata al presente. –Te estoy hablando, ¿puedes hacerme el favor de escucharme? Te decía que te acordaras de no volver tan tarde, porque mañana te viene a recoger tu padre a las 8, así que antes de irte, ten preparada la maleta para mañana, ¿de acuerdo? –me dice mi madre con su peculiar tono.


Noto como mi cuerpo retrocede, y de manera automática camino hacia mi habitación y susurro un forzado: “que sí…”.


Al estirarme en la cama, no puedo evitar soltar un gran suspiro. Oigo los pasos de mi madre acercarse a la puerta, finjo estar dormido, pero no consigo apartar la mirada, y observó cómo se me acerca, me da un beso y me dice que me quiere. La paro cogiéndola del brazo, y mirándola a los ojos, le digo que disfrute. Rápidamente, corrijo mi error, y aflojo la fuerza con la que le agarro. 


–Ya verás como, con el tiempo, todo se irá arreglando, no sufras –su respuesta me sorprende, intuyo que habrá podido sentir la rabia que recorre por mis venas, derivada de la culpa y frustración al unísono. No puedo evitar recordar los gritos de dolor que provenían de la habitación de al lado, la de mis padres, aquellos sonidos tan aterradores, pero placenteros al mismo tiempo, aunque me duela admitirlo.


Al sentir el cierre de la puerta, me siento solo, triste, desanimado y un poco mierda si soy honesto. Pienso en cómo podría cambiar estos sentimientos, o tan solo enmascararlos, y la respuesta no tarda en llegar. 


Quizás la razón por la que no consigo pasar página está en que no consigo perdonarme a mí mismo. Supongo que con el tiempo lo iré cambiando, que iré aprendiendo de mis errores, o no, y simplemente seguiré haciendo lo mismo. Al fin y al cabo, supongo que llevar la sangre fría de mi padre me condena más de lo que quisiera. 








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