La simplicidad de la modernidad
En este reto, me propusieron crear una atmósfera. Para ello, fuimos a dar una vuelta por el barrio de Sarriá de Barcelona. Me aconsejaron fijarme en los pequeños detalles, en la gente con la que me encontraba por el camino, los ruidos notables, y mis emociones al caminar.
Personalmente, no me sentí muy inspirada en el paseo, así que esta creación la escribí al volver de un viaje a la Toscana con el colegio. Una noche, fuimos a visitar el Duomo de Florencia, y esa paseada me inspiró de tal manera, que lo que estás a punto de leer a continuación, es mi intento a expresar todo aquello que vi y sentí aquella noche.
La simplicidad de la modernidad
Puede que los demás te digan que fue asombroso, que la luz de la luna llena iluminando tal creación fue para ellos una revelación. Que el ambiente romántico que la envolvía se difuminaba con la oscuridad que tan majestuosamente presentaba la noche. Que el aire, frío y denso, se filtraba en sus pulmones con la misma lentitud de quien saborea un último aliento. Que el eco de sus pasos resonaba sobre la piedra antigua, como un susurro insistente, atrapado en el tiempo. Que los ruidos emergentes eran notables a lo lejos, y que una vez convertidos en susurros, quedaba solamente su recuerdo y su olvido, acompañados de esa curiosidad tan tentativa, que dictaba lo que podría haber sido, lo que podrían haber vivido, pero que nunca llegó, debido al destino.
Que el poco espacio que quedaba en su consciencia, fue llenado a su máxima capacidad por todas las emociones que surgían con cada paso que tomaban. Que en su conjunto, sentían un gran peso sobre sus cuerpos. Que era algo raro, unas sensaciones nuevas pero previamente conocidas, ignoradas por el miedo de la verdad escondida. Que el sentimiento de sentirse tan pequeño ante algo tan colosal tiene, de alguna manera inexplicable, la capacidad de transformarte. Que sintieron una sacudida en el pecho como si cada ladrillo de aquel lugar pesara sobre ellos, y el desgarro de lo efímero, como el pinchazo que provoca la belleza al encontrarse con la melancolía de saber que nunca podrá poseerse del todo.
Y que mientras todo esto ocurría, la gente pasaba, distraída, sin siquiera alzar la vista, sin sentir el peso de la historia sobre sus hombros. Y así es como yo me sentí, sintiendo la soledad de ser la única que realmente estaba ahí, la única que sentía cómo la noche tenía un tacto áspero, cómo la luz de la luna no era solo hermosa, sino fría, casi ajena. Cada sombra, cada pliegue en la piedra, cada trazo de ingenio, se pegaba a mi piel como un recordatorio de mi propia fragilidad. Y fue en ese instante, cuando me invadió un sentimiento inexplicable, una mezcla de admiración y angustia, de conexión absoluta con el todo y, a la vez, de desconexión conmigo misma.
Porque fue en ese instante cuando comprendí nuestras diferencias, aparentemente tan insignificantes, pero que para mí solo muestran la realidad borrosa en la que vive la multitud. Y en ella también me incluyo, porque si cada instante es para mí una herida abierta, un abismo de pensamientos que no puedo silenciar, no sé si eso me hace más consciente o más perdida.
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