Un encuentro inesperado

Para este reto, me propusieron practicar el cambio de narrador en una historia. De las diferentes opciones que había, me tocó reescribir el texto de “Relato” en Ejercicios de estilo de Raymond Queneau, haciendo que el narrador sea el personaje de quien se habla:
 
Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había quedado libre. Dos horas más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.


Así que, de esta misma historia, yo creé otra desde el punto de vista del personaje del que se habla. Me propuse hacer algo diferente, e hice que el narrador fuera un vagabundo que, desde un simple y corto momento de su día, se podía ya intuir mucho de él. Aquí abajo os dejo mi creación:


 Un encuentro inesperado


Cuando finalmente llegó, decidí, como siempre, subir a la parte trasera para intentar evitar la aglomeración de gente que mi cuerpo tanto esquivaba. Había algo en la forma en que me miraban que me provocaba rechazo. Quizás era la manera en la que fruncían el ceño, y me miraban como si no fuésemos de la misma especie. Ya no me sorprendía cuando se giraban lo antes posible, desviando sus miradas, como si de esta manera pudiesen eliminar mi presencia. Durante mucho tiempo acepté esas miradas. Pensé que, en su lugar, yo haría lo mismo, pero esa no era mi realidad. Me llevó años entenderlo, no sabían nada de mí, pero con tan solo las apariencias, ya me habían condenado.




Pero para mi sorpresa, ese día, el bus estaba lleno, demasiado para mi gusto. Olía a gente que tenía a dónde ir, que tenía casas, trabajos, obligaciones. Todo eso me  repugnaba, y sentía cómo la rabia se agitaba en mi interior. Mis pensamientos se desvanecieron al notar una presencia demasiado cerca de mí, y fue ahí cuando sentí el pisotón. Un tipo me pisaba cada vez que alguien subía o bajaba. Lo miré con rabia. ¿Lo hacía a propósito? Seguro que sí. Como todos, al igual que la vida, la suerte, el destino, todos contra mí. Le solté algo con tono agrio, esperando que al menos sintiera un poco de culpa. Pero él solo frunció el ceño, indiferente, mostrando aquella cara de superioridad que era imposible ocultar. Pero no importó, porque me adelanté, y rápidamente tomé el sitio libre.


Cuando finalmente decidí bajar, horas después, me encontré en la estación de Saint-Lazare, con una acumulación de gente con prisa. Me quedé un momento en la acera, sin saber exactamente qué hacer conmigo mismo, ni qué rumbo tomar. Entonces, un hombre se me acercó, un desconocido que me hablaba con la naturalidad de quien simplemente ve a otra persona, y no a un despojo como yo.


—Este abrigo tiene buen corte —me dijo—. Si subes el botón de arriba, quedará mucho mejor. Un buen sastre puede arreglarlo.

Me sorprendió el tono de su voz, sin burla, sin compasión, sin rastro de lástima, tan solo una observación, como si yo fuera alguien que aún puede preocuparse por la forma en que le queda un abrigo. 

Por un momento, no sabía qué responder. Algo en mí, que llevaba años dormido, se removió, como una idea absurda, pero persistente. Quizás, después de todo, aún quede algo por arreglar.





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